El crecimiento personal por encima de la productividad: la IA hace obsoleta la educación actual
Con la inteligencia artificial y la automatización superando a los humanos en muchos campos profesionales, se vislumbra un futuro en el que ya no será necesario trabajar para sobrevivir.
Esto obligará a replantear los pilares que han guiado nuestra educación durante siglos. El ingreso básico universal (UBI, por sus siglas en inglés) eliminará la urgencia del instinto de supervivencia, lo que hará imprescindible fomentar el crecimiento personal como motor de una vida plena. En consecuencia, la educación en la infancia deberá reestructurarse bajo modelos que prioricen la exploración personal, en una era donde la productividad dejará de definirnos.
En un artículo previo, titulado “Cuando la IA pueda hacerlo todo por nosotros, ¿qué haremos?”, se discutía cómo los humanos están volviéndose rápidamente obsoletos en lo físico y cognitivo. Esto se debe a que la automatización y la IA se están volviendo tan eficientes y creativas que ya no podemos competir con ellas en ningún ámbito imaginable. Muy pronto, el trabajo dejará de ser una condición para la supervivencia humana.
Como consecuencia, el instinto de supervivencia —el motor principal de la actividad humana— también se volverá obsoleto. Las nuevas generaciones deberán ser educadas para desarrollar sus propias motivaciones y metas, a fin de evitar el deterioro físico y mental ante la falta de necesidad. Por eso, urge reemplazar el actual sistema educativo, centrado en la productividad, por uno alternativo enfocado en el crecimiento personal. Este modelo debe preservar la autenticidad y la vitalidad innatas de los niños, ofreciéndoles un entorno que les motive a alcanzar su máximo potencial y disfrutar de un camino de crecimiento durante toda su vida.
El ingreso básico universal nos impulsará a enfocarnos en el crecimiento interior.
El aspecto positivo de este dominio de la IA es que la riqueza generada por las sociedades alcanzará niveles inéditos, con una contribución humana mínima. Gobiernos y sociedades deberán redistribuir esta riqueza en forma de UBI, entendido como un ingreso que cubra los gastos básicos de vida, tal como señala el artículo de Forbes “¿Hará la IA inevitable el ingreso básico universal?”. Diversos expertos en tecnología, incluido Elon Musk, han sugerido que, en un futuro cercano, probablemente nadie tendrá un empleo tal como hoy lo concebimos, lo cual hará necesario este sistema de ingreso garantizado.
La introducción del UBI, sin duda, hará que el instinto de supervivencia pierda su relevancia. Esta idea puede resultar difícil de asimilar, ya que la productividad ha estado impulsada desde siempre por la necesidad de sobrevivir. El psicólogo Jim Taylor afirma que “el instinto humano de supervivencia es nuestro impulso más poderoso”, y que casi todo lo que somos como especie sirve a ese propósito esencial. Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía en 2002, ha demostrado que nuestros procesos mentales —memoria, solución de problemas, toma de decisiones— están diseñados para optimizar nuestras probabilidades de supervivencia. Reacciones como “lucha o huida” son ejemplos clásicos de este instinto en acción.
La humanidad deberá enfrentar el reto de sustituir ese impulso primario por motivaciones enfocadas en el crecimiento personal, como motor principal de su existencia. Las personas deberán centrarse en utilizar proactivamente todo su potencial —físico, intelectual, emocional, social y espiritual— para disfrutar de una vida significativa. De lo contrario, sin instinto de supervivencia, los individuos desmotivados correrán el riesgo de sufrir deterioro físico y mental.
Es importante distinguir entre crecimiento personal y desarrollo personal. El crecimiento personal implica una transformación interna en la forma de pensar y en la autoconciencia. El desarrollo personal, en cambio, se centra en mejoras externas, como la adquisición de habilidades. Así, el crecimiento personal es un proceso continuo de evolución del ser, mientras que el desarrollo personal es instrumental. Aunque ambos pueden complementarse, el primero debería ser el núcleo de la educación de las nuevas generaciones.
Los modelos educativos deben preparar a los niños para este nuevo paradigma.
Debemos ofrecer a las futuras generaciones un entorno que fomente motivaciones construidas desde el interior. Lamentablemente, los modelos educativos actuales siguen anclados en un pasado que prioriza el rendimiento y la productividad. En lugar de ayudar a los individuos a explorar su potencial vital, se centran en prepararlos como piezas de una maquinaria económica.
Las sociedades avanzadas deberán abandonar progresivamente esos modelos para adoptar otros que empoderen a las personas a descubrir y cultivar su potencial en todas las etapas de su vida. Este nuevo paradigma puede guiarse por dos principios fundamentales:
Primero, conservar la autenticidad de los niños fomentando comportamientos y formas de expresarse coherentes con su yo interior. Esto no significa ausencia de límites, sino que disciplina y autenticidad no deben ser conceptos opuestos. Modelos como Montessori lo intentan al permitir que el niño actúe desde su identidad, sin disfrazarla para agradar o adaptarse.
Segundo, transformar el asombro natural en un estado de alerta cognitiva. El asombro es el deseo interno de aprender que despierta cuando el niño interactúa con la realidad. Este se convierte luego en atención consciente y compromiso con el entorno. Fomentar esta capacidad desde edades tempranas fortalece la curiosidad, la exploración y el crecimiento auténtico.
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Para seguir estos principios, se deben realizar cinco cambios fundamentales en la educación:
- Sustituir el aprendizaje mecánico por experiencias reales de exploración y descubrimiento, desdibujando el concepto tradicional de escuela como lugar cerrado.
- Reemplazar el aprendizaje estandarizado por experiencias inmersivas, personalizadas y culturalmente diversas, para desarrollar pensamiento crítico.
- Agrupar a los estudiantes por intereses y no por edad, para fomentar entornos más dinámicos, donde los aprendizajes emerjan del entusiasmo colectivo.
- Favorecer la madurez y el procesamiento del conocimiento, no la acumulación de datos. El conocimiento debe vivirse, no solo recordarse.
- Reducir los valores y objetivos impuestos, apoyándose únicamente en principios sólidos de psicología y neurociencia, evitando dogmas culturales.
Este nuevo paradigma educativo no debe imponerse de forma masiva. Más bien, debe servir como referencia hacia la cual los sistemas educativos pueden transitar. Ya existen iniciativas inspiradoras: los “kindergartens de bosque” en Dinamarca, que promueven el juego libre en la naturaleza; los modelos de aprendizaje por proyectos en Noruega, donde se eliminan exámenes y deberes; o los sistemas Montessori y Waldorf. Aunque valiosos, estos modelos aún conservan una finalidad orientada a la productividad.
Los padres deben liderar esta transición.
Dado que los gobiernos tienden a actuar de forma reactiva y burocrática, el liderazgo de este cambio debe nacer en las familias. Los padres deben estar conscientes del daño potencial de mantener a sus hijos en un sistema educativo obsoleto, y buscar activamente entornos que favorezcan el crecimiento personal antes que la productividad.
Este cambio no es solo una adaptación educativa. Es una transformación cultural profunda en la que redefinimos lo que significa “vivir bien” en una sociedad donde el trabajo ha dejado de ser necesario para sobrevivir.