domingo, 22 de febrero de 2026

La neurociencia, la tecnología y la educación

El funcionamiento del cerebro durante los procesos de aprendizaje es un campo fascinante que la neurociencia aplicada a la educación estudia y que puede ser de utilidad para implementar estrategias y métodos de enseñanza.

Dentro de nuestro cerebro ocurren muchos procesos y emociones que permiten u obstaculizan el aprendizaje. Por ejemplo, el estrés en el aula afecta la parte del cerebro denominada amígdala (se encarga principalmente del procesamiento, aprendizaje y memoria emocional, así como de la respuesta al miedo y estrés), ya que se estimula negativamente (con miedo y preocupación), alterando la concentración.

Asimismo, el estrés dentro de un ambiente de aprendizaje influye en el hipotálamo (mantiene la homeostasis), la hipófisis (producción y liberación de hormonas) y las glándulas suprarrenales (regulación de procesos vitales), mismas que secretan la hormona adrenocorticotrópica (ACTH), es decir, el cortisol, el cual reduce la plasticidad del cerebro y ralentiza a las dendritas (parte membranosa, como “brazos” de la neurona) para recibir y enviar los estímulos a otras células del cuerpo.

De acuerdo con la neurociencia, estos hallazgos pueden ser de gran ayuda a la hora de planear, implementar y mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje, ya que este campo emergente en la educación promete ser una herramienta para impulsar y optimizar su desarrollo académico.

¿Qué es la neurociencia?

Dicho de una manera simple, la neurociencia estudia al sistema nervioso, siendo la neurona la unidad estructural y funcional del mismo. El objetivo de la neurociencia es entender el funcionamiento del sistema nervioso para producir y regular emociones, pensamientos, conductas y funciones corporales básicas, así como estudiar los trastornos y/o enfermedades que causan su mal funcionamiento. La neurociencia es interdisciplinaria, puesto que se ha apoyado en otras ciencias como la biología, la medicina, la psicología, etc., beneficiando con sus hallazgos a otros campos como la neurología, la psiquiatría y la educación.

La neurociencia en la educación

La educación es la encargada de los procesos de enseñanza-aprendizaje que proporcionan herramientas, habilidades, etc., necesarias para que el estudiante se pueda desempeñar favorablemente; mientras que la neurociencia se dedica a entender los procesos mentales del cerebro durante el aprendizaje, es decir, lo que estos involucran y cómo se desarrolla este proceso en el cerebro.

Por tanto, la neurociencia educativa actúa como el puente entre la neurociencia y la investigación educativa, con el fin de mejorar la práctica docente y el aprendizaje de las y los alumnos.

¿Qué es la neurotecnología educativa?

Primeramente, hay que entender que la neurotecnología es un campo de la ciencia e ingeniería en el cual el sistema nervioso está interconectado con dispositivos técnicos. Este campo incluye tecnologías para comprender, visualizar y evaluar el cerebro y sus procesos (hasta controlar algunos de ellos), además de reparar o mejorar sus funciones como la memoria, atención, entre otros.

Ahora bien, la neurotecnología educativa es donde converge el conocimiento neurobiológico (comprensión del funcionamiento del cerebro y sistema nervioso), la neuropsicología (la relación del cerebro y el comportamiento humano) y la tecnología. Esta se centra en el mecanismo de aprendizaje, con el fin de optimizarlo y personalizarlo, apoyando a su vez a los docentes en esta labor.

La neurotecnología educativa abarca tecnologías de monitoreo cerebral, tales como electroencefalograma (EEG) o tecnologías de neuroimagen (fMRI), interfaces cerebro-computadora (BCI), aplicaciones de estimulación cerebral, estimulación cognitiva mediante videojuegos, así como plataformas educativas basadas en neurociencia. A través de estas tecnologías de monitoreo cerebral se pueden identificar los neuromarcadores, los cuales son un indicador específico relacionado con la actividad, estructura o función del sistema nervioso. Por ejemplo, el neuromarcador P3 está asociado con el rendimiento académico.

Por su parte, la relación del cerebro con los videojuegos también ha sido probada, puesto que al jugar se reconfigura la vía cerebral, que es responsable del proceso visual, impulsado la plasticidad cerebral. Esto puede ayudar a trasladar ese conocimiento a otras actividades y a la vida diaria. Las aportaciones de este campo permiten una mejor comprensión a las bases neuropsicológicas del uso de la tecnología para atender discapacidades visuales, auditivas y sensoriales del desarrollo. Además, ayudan al profesorado a diseñar e implementar cambios metodológicos para la mejora de la atención, programas motores y/o del desarrollo del lenguaje, memoria y creatividad, así como la superación de dificultades en el aprendizaje (ya sea por lenguaje, atención o habilidades sociales).

A saber, uno de los primeros estudios sobre neurotecnología educativa que ganó atención pública, gracias a la cobertura del Wall Street Journal, fue realizado por una escuela primaria en China, donde por medio de bandas con sensores (similares a los electrodos de un EEG) se midió la actividad eléctrica del cerebro. En función de esta actividad se mostraban luces de colores diferentes según los estados de atención del cerebro, y por medio de un software especializado se observaron los resultados de la clase entera en una sola pantalla. Esto proporcionó una nueva forma de evaluar los niveles de atención de los estudiantes durante una lección.

Tipos de neurotecnología educativa

De acuerdo con el contexto educativo, se pueden incorporar diferentes tipos de neurotecnología educativa con tecnología no invasiva (Sinasi y Hasmatuchi, 2023):

Las que son basadas en tecnologías de la información y la comunicación. Aquí entra la gamificación, puesto que se estimula el aprendizaje y la creatividad. Por ejemplo: Quizzlet, Kahoot!, Wordwall, etc.

Aquellas que están conectadas físicamente a nivel individual, las cuales son diseñadas para decodificar estados mentales a partir de señales cerebrales y su modulación mediante neuroestimulación. Son las herramientas que se conectan al cerebro y que implican un neurofeedback, el cual se refiere a modificar el espectro de frecuencia de las oscilaciones neuronales espontáneas para ayudar a las y los niños a aprender a controlar su estado de atención. Por ejemplo, la banda de BrainCo para medir la actividad cerebral en tiempo real.

En este sentido, las neurotecnologías son diseñadas para desarrollar o mejorar funciones cerebrales, tales como atención, memoria, control de las emociones y comportamientos. Por ende, el concepto de neuroplasticidad o plasticidad cerebral es importante, ya que es la capacidad del cerebro de cambiar y adaptarse, es decir, su flexibilidad ante los cambios (aprendizaje, entorno, daño, etc.). Además, promueve la modificación de las conexiones neuronales a lo largo de la vida.

Retos

Aunque la neuroeducación y la neurotecnología suenan prometedoras, aún hay trabajo por hacer si se busca una implementación efectiva. Dentro de los retos que este campo emergente puede presentar se encuentran los siguientes:

Las implicaciones éticas de la toma y la seguridad de los datos. Este es un trabajo crucial que la neuroética deberá afrontar y legislar.

El impacto de la neuroestimulación y el neurofeedback, el cual continúa siendo estudiado, por lo que no es conocido en su totalidad.

El potencial de la neurotecnología para modificar procesos neuronales.

La forma en la que se capacitará al profesorado para la aplicación efectiva en el aula para que el enfoque esté centrado en objetivos.

El costo elevado de su implementación, puesto que requiere de aparatología. Sumando también a un problema de accesibilidad.

La neurociencia es un campo fascinante y retador, puesto que la mente humana es un mundo complejo de acciones y reacciones ante los estímulos del ambiente. Por esta razón, la educación dentro de la neurociencia y la neurotecnología merece más investigación y desarrollo, con el fin de que los futuros hallazgos se encaminen hacia un progreso positivo y seguro.

Fuente.

domingo, 15 de febrero de 2026

La brecha que viene

En los años ochenta me estrené en el mundo laboral. Era un primitivo investigador, “informador de crédito” en un banco; algo así como el primer organismo larvario en la cadena evolutiva de un banquero.

Había que estar en la calle, había que tener capacidad de leer un plano, sentido común para armar una ruta, buena memoria para recordar números telefónicos, nombres de calles y su respectiva numeración, pericia inquisitiva, facilidad para escribir un informe y saber teclear en una máquina de escribir. En esto último fui notoriamente torpe, en lo demás tuve alguna solvencia. Esas habilidades (nada extraordinarias) hoy serían un buen reto para muchos jóvenes. Sin duda hemos perdido capacidades en manos del avance tecnológico.

Cuando veo el cielo nocturno (si es que las estrellas son visibles) soy incapaz de orientarme en función de la posición de los astros. Tampoco podría saber en qué época del año estamos dependiendo de dónde sale o se pone el sol. Hubo antes de mí, de nosotros, quienes sabían hacerlo como parte de su repertorio de sobrevivencia o de saberes cotidianos. Los antiguos navegantes podían orientarse en el mapa estelar con apoyo de instrumentos con nombres hoy exóticos: astrolabios, ballestillas y sextantes. Con el tiempo la tecnología facilitó la navegación con nuevas herramientas, como ahora ha facilitado al habitante de una ciudad llegar a cualquier calle o registrar, sin memorizar, números telefónicos y otros datos esenciales. ¿Estamos ante una involución humana?

Quiero pensar que no se trata de una atrofia, sino de una transformación. Procesamos, pensamos y operamos diferente. Ya no sacamos de la guantera la Guía Roji; con un comando de voz activamos el navegador. Pero hay más.

En el provocador ensayo “Pensar se está convirtiendo en un lujo” (publicado en New York Times), Mary Harrington sostiene que la tecnología digital está erosionando destrezas cognitivas clave: la concentración prolongada, la lectura profunda y el razonamiento complejo. Estoy de acuerdo. Soporta su argumento en el Efecto Flynn, fenómeno que ha documentado, durante décadas, las puntuaciones de las pruebas de inteligencia en varios países. Resulta que el coeficiente intelectual promedio estuvo subiendo en las últimas décadas del siglo XX. Es decir, cada generación superaba a la anterior. Pero ahora estas mediciones muestran lo contrario, el coeficiente intelectual está disminuyendo.

Hay otro punto preocupante: estamos potencialmente ante una nueva estratificación cultural (social). Convengamos que las clases pudientes se alimentan mejor que la población necesitada, acceden a mejores alimentos, esto genera una brecha en la salud poblacional. De forma análoga, las élites tienen acceso a mejor educación, aquella con menor influencia negativa digital, educación que rescata el pensamiento crítico, la concentración prolongada, la lectura de textos largos y complejos. Mientras tanto, los sectores pobres seguirán consumiendo videos cortos, chistosos, virales, memes idiotas y contenido plagado de mentiras. Es decir, chatarra mental. En este panorama crecerá la desigualdad de recursos mentales; será un mundo polar donde unos no sólo tienen más dinero, también más capital cognitivo que otros.

Uno de los problemas de este fenómeno de descapitalización cognitiva es que los gobernantes emanan de la población. Una población menos pensante produce gobernantes menos pensantes. Ya estamos viendo cómo personajes con enorme poder mundial difunden contenido mediático vergonzoso. Con la intención de humillar a los oponentes, en realidad se rebajan ellos. Tristemente los consumidores de estos mensajes son sus bases de apoyo que, como reacción tribal, festejan creyendo que avanzan.

En la teoría de la Espiral Dinámica esto nos encasilla (como humanidad) en los niveles más bajos de la evolución social, donde la pertenencia importa más que la moral, de ahí a partidos políticos solapando indefendibles (en cualquier país del mundo). Un tribalismo de poder plagado de violencia, culto al líder, dogmas, enemigos, humillación, sometimiento y revancha.

Mientras cavilo en esto veo que, irónicamente, a la distancia de aquellos años juveniles, es el papel (un plano o un libro) el que me sigue diciendo cómo llegar.

Fuente: Eduardo Caccia

jueves, 29 de enero de 2026

El ruido como riesgo laboral, cuando el sonido se convierte en una amenaza en el trabajo

La última edición de La Ventana de la Prevención pone el foco en la exposición al ruido en fábricas y entornos industriales: desde los decibelios que obligan a actuar, hasta cómo lo viven en su día a día quienes trabajan con máquinas que no se callan nunca.

La nueva entrega de La Ventana de la Prevención —el proyecto de Comisiones Obreras, financiado por el Instituto Cántabro de Seguridad y Salud en el Trabajo y realizado en colaboración con la Cadena SER— abordó esta vez un riesgo tan cotidiano como silenciosamente dañino: el ruido en el ámbito laboral. El técnico de prevención Valentín Ramos trazó primero el marco normativo y sanitario; después, Víctor Sordo Herrero (delegado de prevención en Global Bright Bars) e Ismael Zamanillo Algorri (trabajador de la misma compañía) aterrizaron la teoría con su experiencia entre máquinas y acero.

Ramos recordó que la exposición al ruido afecta a prácticamente todos los sectores —“podemos aplicarlo a todo tipo de trabajos… construcción, metalurgia…”— y que no se trata del ruido urbano o de ocio, sino del ruido generado por la actividad industrial y regulado en la normativa de prevención. “No estamos hablando de otros tipos de ruido como el tráfico rodado o la música de un bar; eso va por ordenanzas municipales”, puntualizó.

Más allá de la pérdida auditiva, el técnico insistió en el impacto sistémico del ruido: “puede producir efectos no auditivos, como el estrés, la fatiga, aumento de la presión arterial, reducción de la concentración y mayor riesgo de accidentes por interferencia en la comunicación”. Ese abanico de consecuencias, subrayó, obliga a identificar el riesgo y medirlo en cada centro de trabajo como paso previo a cualquier decisión preventiva.

La normativa fija umbrales claros de actuación. Ramos los desgranó con precisión: “Los valores inferiores de exposición que dan lugar a una acción serían 80 dB de nivel continuo o 135 dB pico… Los valores superiores… 85 dB o 137 dB pico… y, por último, hay un valor de exposición diaria que nunca puede superarse: 87 dB, teniendo en cuenta la protección auditiva que podamos llevar”. En ese marco, entre 80 y 85 dB, la empresa debe entregar y el trabajador está obligado a usar protectores; 87 dB es el límite que “nunca debe ser sobrepasado bajo ningún concepto”.

Los principios de la acción preventiva siguen la jerarquía clásica: primero, actuar sobre el foco (“el origen, tratando de eliminar la fuente de ruido”); después, sobre el medio de propagación (“apantallar, poner materiales absorbentes”); y, por último, sobre el trabajador, con EPIs como cascos u orejeras. La teoría, explicó Ramos, es clara; el reto está en aplicarla en escenarios reales y cambiantes.

Ahí entran las voces de fábrica. Global Bright Bars —compañía del sector metal dedicada a barras de acero calibradas, principalmente para automoción— trabaja a diario rodeada de maquinaria ruidosa. “Hay bastante ruido… en las máquinas”, resumió Víctor Sordo. Su papel como delegado de prevención pasa por garantizar el uso y la adecuación de los protectores: “Las medidas que tenemos son las que nos facilita la empresa: tapones de silicona o flexibles que te introduces en la oreja, los cascos y las orejeras que puedes utilizar también”. Además, explicó, se realizan mediciones y existe un técnico de prevención interno que “tiene las medidas estandarizadas” según los niveles de exposición.

En el día a día de los operarios, el ruido no es una abstracción: es una presencia constante que interfiere incluso fuera de la planta. Ismael Zamanillo, con casi una década en la empresa, lo describió así: “Es un ruido que, aparte de afectarte lo que es el oído… te altera un poquitín el sistema nervioso, hay falta de concentración y genera más problemas”. Y se nota, dice, en cuanto la línea se detiene por una avería: “Se para el ruido y es como que te relajas, como que te alivias”. En los reconocimientos médicos, prosigue, “vemos si hemos perdido algo de audición” y, al llegar a casa, el cuerpo guarda el eco: “Tienes el pitido metido en el cuerpo”.

La ergonomía del propio EPI también influye en la aceptación y uso continuo. Sordo reconoce que no todos soportan los tapones, y él prefiere orejeras; con el tiempo, han mejorado: “Sí son más ligeras… antes pesaban más y, con el casco, se te transmite al cuello”. Aun así, permanecer ocho horas con protección es exigente, y hasta modifica hábitos: “Estoy a veces en casa y parece que estoy en el monte, sigo hablando superalto porque te crees que no te escuchan”, comenta entre risas, retratando cómo el entorno ruidoso se cuela en la vida cotidiana.

Que la cultura preventiva cale es clave. Zamanillo insiste en “hacer mucho hincapié… delegados y técnicos de prevención… por intentar minimizar todo lo posible el ruido”. Y aunque no han percibido cambios de fondo en la regulación o los procedimientos en su planta en los últimos años, Sordo sí aprecia pequeñas mejoras en la comodidad y eficacia de los equipos, algo nada menor cuando la consigna es no bajar la guardia ni un minuto.

La edición concluyó con una idea-fuerza: medir, actuar y proteger. Desde la evaluación de riesgos y los decibelios que obligan a tomar medidas, hasta el corazón de las naves industriales, el ruido es un compañero de viaje que no se ve, pero se siente. Y si algo dejó claro La Ventana de la Prevención, es que combatirlo requiere método, inversión y, sobre todo, constancia: en el origen, en el entorno y en cada trabajador que, orejeras mediante, saca adelante la producción de un sector que no puede —ni debe— hacerse el sordo.


Fuente.

domingo, 18 de enero de 2026

Las perspectivas del mercado de trabajo en 2026

A falta de conocer los datos finales del ejercicio, todo apunta a que 2025 ha sido un año positivo en términos de actividad y empleo, superando las expectativas iniciales.

Las estimaciones de BBVA Research indican que el PIB habrá crecido un 2,9% en el conjunto del año, impulsado por una demanda interna resiliente y un mayor despliegue de los fondos europeos NGEU.

Este dinamismo se ha trasladado al mercado de trabajo. Se estima que la afiliación a la Seguridad Social y el empleo EPA habrán crecido en el entorno del 2,5% respecto a 2024. Gracias a esta creación de empleo, la tasa de paro ha continuado su senda descendente, situándose en una media anual del 10,6%. Aunque el tercer trimestre mostró una moderación en el crecimiento de la ocupación (0,4% trimestral CVEC), los indicadores apuntan a un repunte en el tramo final del año, lo que permite cerrar 2025 con un balance sólido.

El comportamiento del empleo ha seguido apoyándose en gran medida en la población extranjera, fundamental para compensar el envejecimiento de la fuerza laboral nativa y cubrir la demanda en sectores clave. No obstante, persisten retos como la baja productividad por ocupado, que apenas avanza debido, en parte, a la reducción de horas trabajadas por empleado.

De cara a 2026, las perspectivas se mantienen favorables, aunque en un contexto de suave desaceleración. BBVA Research prevé un crecimiento del PIB del 2,4%, lo que permitirá que el mercado laboral mantenga su dinamismo. Se espera que el empleo aumente un 2,3% en 2026, lo que permitiría reducir la tasa de paro hasta el 10% en promedio anual. De cumplirse estas proyecciones, la economía española habría generado más de 1,5 millones de empleos en el periodo 2024-2026.

Sin embargo, el escenario para 2026 no está exento de riesgos derivados de la incertidumbre internacional y del escaso avance de la productividad. Como señala la OCDE, la productividad española y el ingreso per cápita siguen rezagados respecto a la media europea, lastrados en parte por el reducido tamaño medio empresarial. Esto hace que las pymes sean especialmente vulnerables ante un incremento de los costes laborales unitarios, a medida que madura el ciclo económico y crecen las vacantes en relación con el desempleo. El horizonte de 2026 se perfila como un periodo exigente para las empresas en materia de costes. En primer lugar, la negociación para un nuevo aumento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) sigue presionando la estructura salarial, con el objetivo de ganar poder adquisitivo más allá de la inflación prevista (2,5% para 2026). A esto se suma el efecto arrastre de la subida de los salarios públicos, que actúa como referencia en la negociación colectiva del sector privado, añadiendo presión a los costes salariales totales.

Pese a que la propuesta de reducción de la jornada laboral máxima a 37,5 horas semanales no ha salido adelante (lo que hubiera implicado un encarecimiento directo del coste por hora trabajada sin ajuste de los salarios), se ha anunciado una aplicación estricta del nuevo registro horario digital. Este sistema, interoperable con la Inspección de Trabajo, elimina la flexibilidad informal y endurece el control, lo que supone un reto organizativo y de gestión para las pymes, haciendo que la reducción de jornada sea efectiva y rígida de manera inmediata.

A los retos anteriores se suma la necesidad de integrar eficazmente las nuevas tecnologías para mejorar la productividad. Según los datos de la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares (TICH) del INE de 2025, la adopción de la Inteligencia Artificial Generativa (IA Gen) presenta una clara asimetría: aunque el 37,9% de la población de 16 a 74 años ya ha utilizado estas herramientas, su uso con fines profesionales se limita al 17,9%, frente al 30,2% que las emplea para fines privados.

Además, existe una marcada brecha generacional que presiona a las empresas a invertir en reskilling: el 75,6% de los jóvenes de 16 a 24 años utiliza IA Gen, mientras que la cifra cae drásticamente en los trabajadores de mayor edad. Por otro lado, la flexibilidad laboral muestra signos de estancamiento. El teletrabajo ha descendido ligeramente hasta situarse en el 14,8% de los ocupados (-0,3 puntos respecto a 2024), lo que podría dificultar la atracción de talento joven que demanda estos modelos híbridos.

En el ámbito de la Seguridad Social, la cuña fiscal sobre el trabajo seguirá aumentando, una tendencia contraria a la recomendada por organismos internacionales, como la OCDE, que sugieren reducir las cotizaciones empresariales de los trabajadores de bajos ingresos para fomentar la contratación. En 2026 continuará la senda de incremento de costes no salariales a través de varias vías. La primera es el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, cuya sobrecotización sigue consolidándose. Segundo, la aplicación de la cuota de solidaridad para los salarios más altos. Tercero, continuará el destope progresivo de las bases máximas de cotización, que aumentarán por encima de la inflación, elevando el coste de contratación de talento cualificado. Por último, se producirá un incremento de las cuotas para los trabajadores autónomos.

En definitiva, el mercado laboral español encara 2026 con luces y sombras. Entre las primeras, destaca la inercia positiva de un 2025 mejor de lo esperado y unas previsiones de crecimiento (2,4%) y empleo (2,3%) que siguen superando la media europea. Entre las segundas, preocupa que la acumulación de costes regulatorios (cotizaciones sociales, rigidez horaria o presiones salariales) acabe penalizando la creación de empleo a medio plazo, en un entorno de escasez de mano de obra en algunos sectores y ocupaciones. Será crucial garantizar que estas medidas no desincentiven la inversión ni la contratación, especialmente en un contexto donde la mejora de la productividad ante la disrupción que suponen nuevas tecnologías, como la IA Generativa, sigue siendo la gran asignatura pendiente para asegurar la sostenibilidad del estado del bienestar.

Fuente.

viernes, 16 de enero de 2026

Invertir en las personas

Invertir en las personas ya no es una opción, es una responsabilidad compartida. Formarse de manera continua, desarrollar habilidades digitales, aprender a gestionar las emociones, liderar con flexibilidad y trabajar bien con otros es clave para adaptarse a un mundo laboral que cambia muy rápido. La inteligencia artificial, la digitalización y la automatización están transformando muchos empleos: abren nuevas oportunidades, sí, pero también nos piden aprender cosas nuevas con mayor agilidad de la que a veces estamos acostumbrados.

Por eso, no basta con saber usar la tecnología. Hoy se valora a quienes saben aprender durante toda la vida, colaborar en equipos diversos, liderar desde el respeto y aportar ideas con sentido crítico. La IA puede ayudarnos a ser más productivos, pero solo funciona bien cuando va acompañada de formación real, apoyo a quienes lo tienen más difícil y oportunidades para reciclarse sin dejar a nadie atrás, especialmente a personas mayores o con menos acceso a lo digital.

Todo esto nos lleva a una idea fundamental: el trabajo debe cuidar a las personas. No se trata solo de crear empleo, sino de que ese empleo sea seguro, digno y con futuro. Hablar de prevención de riesgos es también hablar de salud mental, de reducir el estrés, de ergonomía y de poder conciliar la vida personal y profesional.

Cuando una empresa apuesta por la formación, el respeto y la inclusión, gana el equipo y gana la organización. Se crea un mejor ambiente, se afrontan mejor los cambios y se construye un proyecto más sólido. El bienestar de las personas no es un gasto: es una inversión inteligente para crecer de forma sostenible.

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